
Cuando me quise dar cuenta, tu brazo me arrastraba fuera del coche y la puerta se cerraba tras de mi erradicando cualquier posibilidad de retracto. Tus manos me exploraban ya sin límites cuando atravesamos el salón. Tus besos me empujaron escaleras arriba sin siquiera darme tiempo a responderme al único interrogante que aún quedaba, rezagado, en mi alborotada cabeza.
"¿Qué estamos haciendo?", te dije.
"Lo que importa no es lo que estamos haciendo, tesoro, lo que importa es lo que nos queda por hacer..."
Con un movimiento aparentemente agresivo, pero perfectamente estudiado, me tiraste encima de la cama. Te arrodillaste encima de mi y me agarraste con fuerza las muñecas. Me besaste con furia sin permitirme el más mínimo movimiento. Los latidos no cabían en mi pecho. El deseo se desbordaba en mis pupilas. Sin darme tregua, me arrancaste la ropa con esa expresión obsesivamente enajenada que me aterra, pero me hace perder la razón. Me arqueé encima de las sábanas revueltas hasta que tu cuerpo y el mío quedaron fundidos en un vaivén de jadeos y susurros obscenos.
Cuando me arrancaste la ropa me arrancaste, sin saberlo, el corazón. Deshiciste con tus besos mi piel hasta adherirla por completo a la tuya. Perdí entre las sábanas mi decencia en ese juego sin control. Tu piel clavada en la mía. Tus labios sellados en mi piel. Y en medio de ese tórrido delirio comprendí que nos hallábamos sumergidos en una espiral sin salida.
El agujero negro de nuestra obsesión por lo prohibido nos condujo al centro de una noche en la que me desperté entre tus brazos y bañada en tu sudor; bajo unas sábanas impregnadas de desenfreno en este doble juego de pasión y desgarro. Te miré. Miré en derredor. Las luces que salpicaban la noche se colaban por entre las rendijas de la persiana. Sólo entonces reparé en esa fotografía. Tú, ella y tus hijos, en una hipócrita pose de familia feliz. Te miré de nuevo. Dormías ajeno a mis preocupaciones. Y no se si me diste asco o simplemente te odié. Por no ser yo la que estuviera en esa foto o por ser tú el que lo hiciera, qué más daba. En cualquier caso, me levanté de un salto, me vestí en un intento fallido de sofocar el fuego que aún ardía sobre mi piel, y salí a tientas de aquella improvisada jaula intentando correr más rápido que el conflicto que, por momentos, se desataba en mi interior.
Era una noche fría y húmeda. Los adoquines resbaladizos se escurrían bajo mis pies. A malas penas lograba abrirme paso en la densa oscuridad, perdida entre mis pensamientos y aplastada bajo el peso de mi conciencia. Víctima aún de tus susurros, de tus besos, de tu olor me deslicé sin rumbo observando cómo todo estaba en calma ahí afuera. Preguntándome si en algún momento podría encontrar toda aquella calma también en mi interior.
En ese momento, noté una mano sobre mi hombro. Esperaba que no fueras tú.
Pero necesitaba que sí lo fueras.
Me giré y descubrí tu rostro en la oscuridad velado tras una pátina de desconcierto.
"¿Qué pasa? ¿Dónde vas?", me dijiste asiéndome con firmeza del brazo.
"Lejos de ti, donde mis tacones no puedan hacerte daño, donde mis besos vuelen libres, donde mis pasiones se dulcifiquen"
"¿Quién te ha dicho que no quiero que me hagas daño? ¿Quién te ha dicho que no me lo haces ya, sea con o sin tus tacones? ¿Dónde van a estar tus besos mejor que en mi piel? Y, ¿dónde van a saber tus pasiones más dulces que a mi lado?", me dijiste pasándome con dulzura tus dedos por mi mejilla. Y con tu consabido verbo de encantador de serpientes me susurraste:
"¿Y quién te ha dicho que no comparto tus temores?"
Sus palabras me tranquilizaron. Si bajo esa coraza de egoísmo y determinación había un mínimo temor, había algún sentimiento; algún vestigio de que era sensible; en cierto modo razonable. Y humano. Sobre todo, humano. Continuó encandilándome con sus palabras de terciopelo:
"¿Qué te hace pensar que esto no me preocupa, tesoro? En cierto modo lo hace y en cierto modo no. Me inquieta que pueda írsenos todo de las manos. Me preocupa el riesgo que esto puede suponer para mí. Pero a la vez, prefiero pecar y cargar con el peso del pecado. Es más fácil cargar con lo conocido que con lo desconocido. Y prefiero arrepentirme de lo que he hecho que de lo que no, y más si es a tu lado. Si es que algún día me arrepiento, claro. Somos compañeros y adversarios: jugamos cada uno a un lado de la red, pero en la misma pista. Y jugamos bien, tesoro. ¿Quieres prescindir de esto? Porque yo no. No pienso renunciar al hecho de verte y sentirme afortunado; de tenerte ante mis ojos, y sentirme orgulloso de ti; de sentirme especial por el simple hecho de que formes parte de mí. Lo queramos o no, eres parte mía, y eso no lo va a cambiar nada".
Sus palabras resonaron tan adentro en mi interior que dudé si las había pronunciado él o era yo la que hablaba. Me sobrecogió el hecho de que siempre fuera capaz de poner las palabras adecuadas a los momentos difíciles. Tal y como yo haría. "Eres parte mía, y eso no lo va a cambiar nada", me repetí.
"Eres parte mía, y eso no lo va a cambiar nada", te repetí.
Lady Diabla
"¿Qué estamos haciendo?", te dije.
"Lo que importa no es lo que estamos haciendo, tesoro, lo que importa es lo que nos queda por hacer..."
Con un movimiento aparentemente agresivo, pero perfectamente estudiado, me tiraste encima de la cama. Te arrodillaste encima de mi y me agarraste con fuerza las muñecas. Me besaste con furia sin permitirme el más mínimo movimiento. Los latidos no cabían en mi pecho. El deseo se desbordaba en mis pupilas. Sin darme tregua, me arrancaste la ropa con esa expresión obsesivamente enajenada que me aterra, pero me hace perder la razón. Me arqueé encima de las sábanas revueltas hasta que tu cuerpo y el mío quedaron fundidos en un vaivén de jadeos y susurros obscenos.
Cuando me arrancaste la ropa me arrancaste, sin saberlo, el corazón. Deshiciste con tus besos mi piel hasta adherirla por completo a la tuya. Perdí entre las sábanas mi decencia en ese juego sin control. Tu piel clavada en la mía. Tus labios sellados en mi piel. Y en medio de ese tórrido delirio comprendí que nos hallábamos sumergidos en una espiral sin salida.
El agujero negro de nuestra obsesión por lo prohibido nos condujo al centro de una noche en la que me desperté entre tus brazos y bañada en tu sudor; bajo unas sábanas impregnadas de desenfreno en este doble juego de pasión y desgarro. Te miré. Miré en derredor. Las luces que salpicaban la noche se colaban por entre las rendijas de la persiana. Sólo entonces reparé en esa fotografía. Tú, ella y tus hijos, en una hipócrita pose de familia feliz. Te miré de nuevo. Dormías ajeno a mis preocupaciones. Y no se si me diste asco o simplemente te odié. Por no ser yo la que estuviera en esa foto o por ser tú el que lo hiciera, qué más daba. En cualquier caso, me levanté de un salto, me vestí en un intento fallido de sofocar el fuego que aún ardía sobre mi piel, y salí a tientas de aquella improvisada jaula intentando correr más rápido que el conflicto que, por momentos, se desataba en mi interior.
Era una noche fría y húmeda. Los adoquines resbaladizos se escurrían bajo mis pies. A malas penas lograba abrirme paso en la densa oscuridad, perdida entre mis pensamientos y aplastada bajo el peso de mi conciencia. Víctima aún de tus susurros, de tus besos, de tu olor me deslicé sin rumbo observando cómo todo estaba en calma ahí afuera. Preguntándome si en algún momento podría encontrar toda aquella calma también en mi interior.
En ese momento, noté una mano sobre mi hombro. Esperaba que no fueras tú.
Pero necesitaba que sí lo fueras.
Me giré y descubrí tu rostro en la oscuridad velado tras una pátina de desconcierto.
"¿Qué pasa? ¿Dónde vas?", me dijiste asiéndome con firmeza del brazo.
"Lejos de ti, donde mis tacones no puedan hacerte daño, donde mis besos vuelen libres, donde mis pasiones se dulcifiquen"
"¿Quién te ha dicho que no quiero que me hagas daño? ¿Quién te ha dicho que no me lo haces ya, sea con o sin tus tacones? ¿Dónde van a estar tus besos mejor que en mi piel? Y, ¿dónde van a saber tus pasiones más dulces que a mi lado?", me dijiste pasándome con dulzura tus dedos por mi mejilla. Y con tu consabido verbo de encantador de serpientes me susurraste:
"¿Y quién te ha dicho que no comparto tus temores?"
Sus palabras me tranquilizaron. Si bajo esa coraza de egoísmo y determinación había un mínimo temor, había algún sentimiento; algún vestigio de que era sensible; en cierto modo razonable. Y humano. Sobre todo, humano. Continuó encandilándome con sus palabras de terciopelo:
"¿Qué te hace pensar que esto no me preocupa, tesoro? En cierto modo lo hace y en cierto modo no. Me inquieta que pueda írsenos todo de las manos. Me preocupa el riesgo que esto puede suponer para mí. Pero a la vez, prefiero pecar y cargar con el peso del pecado. Es más fácil cargar con lo conocido que con lo desconocido. Y prefiero arrepentirme de lo que he hecho que de lo que no, y más si es a tu lado. Si es que algún día me arrepiento, claro. Somos compañeros y adversarios: jugamos cada uno a un lado de la red, pero en la misma pista. Y jugamos bien, tesoro. ¿Quieres prescindir de esto? Porque yo no. No pienso renunciar al hecho de verte y sentirme afortunado; de tenerte ante mis ojos, y sentirme orgulloso de ti; de sentirme especial por el simple hecho de que formes parte de mí. Lo queramos o no, eres parte mía, y eso no lo va a cambiar nada".
Sus palabras resonaron tan adentro en mi interior que dudé si las había pronunciado él o era yo la que hablaba. Me sobrecogió el hecho de que siempre fuera capaz de poner las palabras adecuadas a los momentos difíciles. Tal y como yo haría. "Eres parte mía, y eso no lo va a cambiar nada", me repetí.
"Eres parte mía, y eso no lo va a cambiar nada", te repetí.
Lady Diabla


1 comentario:
eligo el hotel?
ok encantado ....un beso mi niña
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