Entre encajes y pecados

El leve hilo de la imaginación junto al amor, las caricias y la ternura, te llevara al maravilloso mundo de los sentimientos al desnudo. No debe faltar esa poesía erótica y sensual, ese mar de fuego excitante, que nos llama a nadar entre cuerpos, manos calidas pasiones, y deseos ¿Quién no ha soñado con ser amado y seducido como en esas estrofas? Comparte conmigo este viaje a ese lugar tan intimo y exclusivo que solo tu imaginación puede concebir .

Vive en cada una de mis narraciones esas historias que te gustaría protagonizar, y se ,en esta reunión privada ,el invitado de honor.





18 de mayo de 2007

Sentimientos encontrados

Sin apenas ser consciente de ello había llegado hasta ti y me había deslizado entre tus brazos con corrección y atrevimiento, permitiendo que tu mano me ciñera firme la cintura y se deslizara cadera abajo en un minucioso despiste.

Comenzamos a cenar. Todo era exquisito: el champagne, el magnífico salón, los refinados garçons y la música de fondo que acariciaba mis sentidos. Como tu presencia. Sin esperármelo, me rozaste la pierna bajo el mantel. Y clavaste tus ojos en los míos con una expresión casi profética. El champagne difuminó pronto los límites dentro y fuera de nuestras alborotadas conciencias. Tus manos rozaban por accidente las mías, tu pierna se entrelazaba con la mía, tu mirada se fundía con la mía.. Y todo frente a los accidentales espectadores.

Nos dirigimos al bar. Me senté en uno de los taburetes con asiento de terciopelo rojo y crucé las piernas. La punta afilada de mi zapato quedó a la altura de tu rodilla. Te golpeé suavemente mientras pedías dos cóckteles. Te giraste y me agarraste fuerte del brazo. Tu rostro se perdió descaradamente entre mi cabello y sentí tus dientes hundirse en mi cuello.

Mi cuerpo se deshizo en un torbellino inconfesable de sensaciones que me hicieron saltar del taburete y me arrastraron contra ti. Te rodeé con mis brazos, acorralándote contra el cuero negro con incrustaciones de cristal del lujoso bar. Aunque no cabía un alfiler entre nuestros cuerpos, di un paso más hacia ti hasta que sentí mi pecho aplastado contra el tuyo. Mis ojos te devoraban. Mi boca también.

En un baile enloquecido, tus manos se deslizaban por el tobogán de mi falda mientras se me desbordaban a borbotones tus besos. Con un giro acrobático me colocaste de espaldas al bar, pero no me resistí. Esta vez quería sentirme dominada. Tus manos desaparecieron bajo mi blusa, y el cuero terso y cálido del bar se adhirió a mi piel. Me apretaste aún más contra el cuero a mis espaldas. Podía ya notar tu pasión enhiesta. Estuve a punto de perder por completo el control pero me contuve: no debíamos perder de vista que ninguno de los dos debía estar allí y en ese momento. Y mucho menos entregados el uno al otro.

Sin que aún te lo esperases, te clavé el afilado tacón en el empeine e hice un ejercicio de equilibrio sobre él. Sin embargo, no te quejaste. Me miraste enajenado tirándome suavemente del pelo, mientras hacías resonar un azote en mi trasero.

"Sabes tocar muy bien mis teclas, querido", te dije con una mirada encajada entre el ardiente deseo y el más puro desafío.

"¿A qué esperas para sacarme de aquí y darme lo que me merezco?"

Me quedé sentada en el bar, esperando la señal. De súbito, mi teléfono se iluminó en el escueto bolso y lo saqué a medio camino entre la impaciencia y la insolencia. Enarqué una ceja y, enciendiéndome otro cigarro, leí el mensaje:

"¿En tu coche o en el mío? Date prisa en venir si no quieres que medio Paris salte por los aires. Estoy que suelto chispas"

Solté una carcajada enmarcada en mi recién retocado carmín rojo, y el camarero me miró frunciendo el ceño. Sin prestar más atención que la que tú me habías suscitado, te contesté:

"En el tuyo, por supuesto. ¿Acaso obvias que soy una dama? Quiero que me lleves. Y, por cierto, mucho me temo que más de medio Paris está a punto de saltar por los aires.."

"Te espero a la vuelta de la esquina. Date prisa: no aguanto un solo momento más sin tí a mi lado."

Estas últimas palabras me hicieron estremecerme. Salté del taburete dejando un vacío tras de mí propio de quien corre más rápido que el propio tiempo y más allá de su conciencia. Y fui a tu encuentro. Distinguí tu coche en la penumbra. Tus ojos me apresaron en la oscuridad y me llevaron hasta ti. Abrí la puerta pero me detuve un segundo. Otra vez. Otra vez estaba a punto de dar ese paso sin vuelta atrás; de emprender ese viaje sin retorno en el que cada vez nos adentrábamos más y mucho más aprisa sin querer siquiera apercibirnos de las consecuencias. No debemos, me dije. Esto no debe pasar. No otra vez. Esto no puede ser. Te miré. Me capturaste con esa sonrisa maléfica encajada en tu rostro angelical. Apenas me dio tiempo a reaccionar cuando me sorprendí diciéndote:

- Vamos. No quiero compartirte ni un segundo más con tu línea del tiempo. Mientras estamos juntos, nuestros destinos están abocados a nuestro antojo. Ahora eres mío. Y no sabes la que te espera. Por cierto, ¿adónde me llevas, querido?
- A mi casa.
- ¿A tu casa? ¿Has perdido el juicio?
- Mi mujer no está. Y sí, he perdido el juicio. Pero de eso tienes tú la culpa.
- ¿ Y si nos ve alguien.. no sé, los vecinos?
- No te preocupes. A estas horas no creo que quede nadie con ganas de descubir qué hace su vecino "el políticamente correcto" en su tiempo libre..

"Políticamente correcto", me repetí. Qué cara más dura. Conque eso es lo que soy: un pasatiempo para su tiempo libre. Pretende llevarme a su casa. No me lo puedo creer. O ha perdido completamente la cabeza, o se la he hecho perder yo. Pero lo que está claro es que me está obligando a meterme en su esfera privada. Maldita sea.. En su esfera privada. Voy a compartir el espacio con su mujer. Con sus hijos. Voy a arrebatarles el aire contenido entre esas paredes. Voy a suplantarles en el tiempo y también en el espacio. Esto me perturba. Me estoy metiendo en vidas ajenas.. me están metiendo en vidas ajenas...

El sonido del freno de mano me sacó de mi ensimismamiento.

"Por fin un semáforo en rojo", te oí decir. Y sin darme tiempo a respirar, te abalanzaste sobre mis labios, haciendo enmudecer mis pensamientos. Te mordí con fuerza los labios y, como siempre, te quejaste con dulzura. Te besé de nuevo y sonreí mirándote a los ojos. Querido, me dije, si no te preocupas tú por lo que haces con tu vida, ¿qué sentido tiene que yo lo haga? Cada uno que cargue con su culpa.

"Date prisa: mete primera y arranca, a ver si encontramos otro semáforo en rojo de camino a tu casa".

Lady Diabla

2 comentarios:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Anónimo dijo...

muy autobiográfico...
Ritxard