Entre encajes y pecados

El leve hilo de la imaginación junto al amor, las caricias y la ternura, te llevara al maravilloso mundo de los sentimientos al desnudo. No debe faltar esa poesía erótica y sensual, ese mar de fuego excitante, que nos llama a nadar entre cuerpos, manos calidas pasiones, y deseos ¿Quién no ha soñado con ser amado y seducido como en esas estrofas? Comparte conmigo este viaje a ese lugar tan intimo y exclusivo que solo tu imaginación puede concebir .

Vive en cada una de mis narraciones esas historias que te gustaría protagonizar, y se ,en esta reunión privada ,el invitado de honor.





2 de agosto de 2007

Las Reglas del juego



Caía la tarde sin ningún miramiento sobre los castaños del bulevar y entre sus hojas se filtraba una pátina de humedad grisácea. Con convicción, hacía resonar mis pasos sobre los adoquines redondeados, ciñendo con firmeza a mi cintura el cinturón de mi gabardina. El frío del incipiente invierno se filtraba a través del foulard de seda gris perla que llevaba anudado al cuello y casi me helaba las palabras aún por pronunciar.
Entré en el pequeño Café de Flore y de inmediato me encontré con tus ojos clavados en los míos. Esbozaste una de esas sonrisas maliciosas que casi desfiguran tu rostro angelical y me atrajíste irremediablemente hacia tí sin siquiera ser consciente de ello. Pediste dos copas de Chardonnay y brindamos.
- Por nosotros, muñeca. Y porque a partir de hoy las cosas serán diferentes.
- Por nosotros, dije con cierto aire de expectación.
Las copas resonaron justo en el punto de encuentro de nuestras miradas.
- Y dime, ¿qué es lo que va a cambiar entre nosotros?
- Tú no te has dado cuenta, pero ya ha cambiado. Ha ido cambiando durante todo este tiempo; lentamente; deliberadamente. Pero, queramos admitirlo o no, todo ha cambiado. Y nos ha cambiado. Desde que nuestras circunstancias forman parte de nosotros mismos, el lazo que nos une, preciosa, es algo que persiste en el tiempo. Que cambia nuestro presente, que cambió nuestro pasado, y que cambiará nuestro futuro. Ocultarlo sería negar la realidad. Y esa realidad, querida, lo queramos o no, nos pertenece.
- Sí. Como exposición filosófica sobre el hecho probado de que hay algo entre nosotros, no está mal. Pero ahora, ¿podrías decirme por qué brindamos hoy?
- Porque ya no vamos a escondernos, muñeca.
- ...
- El riesgo que asumimos viéndonos es muy grande. Tanto como el placer que me producen nuestros encuentros. Y tanto es así que he decidido no seguir limitándome en función de lo que pueda resultar más seguro. Quiero disfrutar de tu compañía sin límites. Quiero pasear contigo cogidos de la mano, o intensamente abrazados. París es una gran ciudad. Y muchos son los ojos anónimos que nos rodean. Así es que -dijo tomándome las manos entre las suyas- no pienso esconder lo que me mueve cada día.
- Sólo te olvidas de una cosa, querido.
- ¿De qué?
- De que uno de los ingredientes indispensables para que nuestros encuentros sigan teniendo ese aliciente que tienen es el factor riesgo; el placer de lo prohibido, de lo complicado, de lo reprochable. Si me quitas el maquiavélico placer de sentir que hago y deshago cuando quiero el puzzle de mi vida a sabiendas de que no debería, esto perdería toda la magia que lo envuelve.
Saqué un cigarrillo de mi minúsculo bolso y lo encendí. Un hilillo de humo pronto difuminó tu gesto desencajado ante mis ojos. Con movimientos pausados saqué el espejo y la barra de labios. Me retoqué el carmín y, casi sin reconocer mi propio cinismo en el pequeño espejo ante mi, te dije:
- Hemos sido infieles a los que nos rodean para sernos fieles a nosotros mismos. Pascal dijo que sólo hay dos tipos de hombres: los justos que se creen pecadores, y los pecadores que se creen justos. ¿En qué grupo crees que estamos, querido?
Me miraste con aire contrariado. Me encanta lanzarte retos intelectuales aun a sabiendas de que serán como un boomerang que retornará hacia mi casi con más fuerza de con la que fue lanzado.
- "Garçon, l'addition, s'il vous plaît", dijiste con gravedad.
- ¿Me estás diciendo que tienes la intención de dejar a tu mujer y a tus hijos?
- No. Sabes que eso no cabe ni cuestionarlo.
- Entonces, ¿de qué me estás hablando? ¿Has decidido que vas a dedicarme un tiempo que no tienes, porque se lo debes a tu familia, para pasear conmigo como si fuéramos adolescentes, cogidos de la mano, a la vista de todo el mundo pero sin ninguna repercusión en nuestras vidas? Querido, me estás proponiendo que seamos algo más de lo que somos. Pero hay un pequeño inconveniente: somos simples amantes. Amantes ocasionales que juegan contra el destino en una partida arriesgada. No hay continuidad tras nuestros encuentros. Lo que somos lo debemos a nuestras circunstancias particulares y creo que es un detalle que no deberíamos obviar. Tú no vas a cambiar tu vida por mi. Ni te lo estoy pidiendo. Pero no me pidas que adecúe mi existencia a tus caprichos. Porque no lo haré jamás.
La noche se cernía ya sobre la aureola de luz amarillenta de los faroles del bulevar Saint-Germain. Caminamos por las cercanías del Sena hasta pasar Notre Damme. La iluminación nocturna la hacía erigirse magestuosamente en medio de la noche. Como tantas veces tu solo recuerdo se había erigido en el seno de las mías. Bajamos las escaleras y caminamos hacia el embarcadero. La quietud de la noche comenzó a arrancarme oscuros pensamientos que sólo en la quietud de la noche tienen cabida. Sin decir ni una palabra, te agarré de la pechera y te besé con furia, con desesperación y casi con odio.
- No me pidas que renuncie al único pretexto que me posibilita estar contigo. La noche es el único lugar en el que puedo esconder mi sentimiento de culpa. Con los primeros rayos de luz, los recuerdos descubren atroces engaños. Eres egoísta. Eres un cínico y un tirano, pero este juego me resulta divertido. Y no, no pienso abandonar la partida. Pero, eso sí: a partir de ahora, las reglas del juego las pongo yo.

No hay comentarios: