A veces, cuando el tiempo se me echa encima y me araña con sus manos de bruja insolente, me recuesto en la quietud de cualquier efímero instante y pienso en cualquier otra cosa que no sea ese segundero repetitivo, verdugo que nos acompaña en nuestro quehacer cotidiano. Tengo la mesa poblada de papeles y la cabeza inmersa en una lucha por la autosuperación, por el dar el máximo de mi misma a cada momento, por el acabar pronto y con éxito el puzle de palabras y razonamientos complejos que me ocupan a cada momento.
Es el inconveniente de ser muy exigente.
Así me encontraba: inmersa en la pantalla de cristal líquido tamaño acuario que tengo delante, casi hipnotizada por un baile de letras salpicándose ante mis ojos con una destreza ejemplar, cuando sonó el teléfono. A malas penas había salido de mi estado de catatónico trance, cuando una voz inconfundible me arrancó súbitamente de él:
-Hola muñeca.
-Hola! ¿Qué tal estás?
-Muy bien, ahora que por fin escucho tu voz..
Me sorprendí sonriendo ante las letras estáticas en mis pupilas.
- ¿Qué te parece si te recojo y comemos juntos? Hace mucho que no nos vemos, y no sabes lo que me apetece..
- De acuerdo. Llevo un día bastante complicado. Pero intentaré sacar tiempo de donde sea. ¿En un par de horas te parece bien?
- En un par de horas me tendrás de nuevo ante tus ojos.. y quién sabe qué más.
Tenía que darme prisa y acabar el artículo que tenía entre manos. Pero cuando quise darme cuenta, las dos horas habían volado casi tan rápido como mis alborotados pensamientos. Y en ese estado, lo que más me convenía era un respiro. Me puse en pie y fue al baño. Me retoqué el carmín, me atusé el cabello, me puse perfume y miré atónita mi reflejo, con una de esas sonrisas que te dicen: “querida, hoy estás fantástica”.
Salí a la calle y, sumergido en esa pátina gris que recubre París a estas alturas del año, se encontraba él en su descapotable rojo. Me lanzó una sonrisa que percibí a través del retrovisor en cuanto me vió contoneándome hacia él. Con su habitual elegancia, salió del coche y me tomó la mano. Con la maestría propia de quien lo ha repetido miles de veces, me acercó hasta él, me agarró con firmeza la cintura y me besó en la mejilla. Abrió la puerta del coche y me depositó en el asiento, como quien deposita en la palma de su mano una pompa de jabón.
Un coche descapotable es francamente incómodo cuando llevas el pelo suelto y un fular de seda al cuello. Pero sólo por observar su gesto despreocupado cuando, detenidos en cualquier semáforo, me acaricia el cabello en un intento frustrado de poner en él el orden que no es capaz de poner en nuestras vidas, merecen la pena todos los enredos.
Nos deslizamos dentro del restaurante del Hotel Le Lavoisier y, nada más vernos entrar, el camarero se apresuró, bandeja en mano, con mi habitual copa de Chardonnay y su apéritif. Para mis adentros pensé que era mejor que se diera prisa en servirnos, o de lo contrario, me encontraría de súbito sin saber cómo ni por qué, transportada casi sin ser consciente de ello a una de las habitaciones del lujoso hotel, llevando sólo unos magníficos Christian Louboutin que él había dejado sobre la cama.
"No se si has reparado en la punta afilada que tienen", dije con malicia. "Y en el afiladísimo tacón". Hice oscilar el zapato perfectamente enfundado en mi pie a un palmo del suelo.
"Pareces una diosa", dijo, mientras bocanadas de pasión emanaban de sus ojos.
"Soy una diosa. Y ahora voy a hacer contigo lo que yo quiera..."
Me contoneé insiuante en un baile que lo encandiló y, robándole sus parpadeos e incluso la respiración, me colé de pleno en sus fantasías . Me incliné sobre el diván y, entre la ropa esparcida, encontré mi fular de seda. Rodeando mi cuello delicadamente con él, caminé hacia el borde de la cama, donde él yacía inmóvil. Lo empujé con determinación y me puse a horcajadas sobre él, mientras mi busto se reclinaba con lentitud sobre su rostro. A un centímetro de él, mientras notaba su jadeante respiración chocar contra mis pechos, me vió deslizar con suavidad el fular sobre sus muñecas, fijándolas con firmeza al cabezal de la cama. Y enloqueció.
Era mi turno en el juego. Y lo tenía bajo mi control. Jugueteé con sus aparentes temores, con su irregular respiración, con sus exalatadas pupilas y sus pasiones desbordadas. Coqueteé con el descaro y el atrevimiento. Con el peligro. Con lo prohibido y lo deseado. Y lo poseí. Poseí todos sus instantes de fantasías pasadas y todos sus instantes de recuerdos futuros. A partir de ahora, me pertenecería. Y no sólo él, sino todas las facetas de su quehacer cotidiano que tuvieran como trasfondo el recuerdo grabado a fuego de todos y cada uno de los movimientos que describimos en aquella habitación.
By Lady Diabla


2 comentarios:
hola.... me la pido ...quiero una clienta como esa...
bromas a parte, me gusto mucho este relato un beso DIABLA
LA CLIENTE
Sentado tras la mesa de mi despacho, observo al sujeto que hace ya rato tengo enfrente, mientras cuido de que mi rostro refleje la atención que espera encontrar en mí. Es un tipo de unos 45 años, bien vestido, ligeramente calvo y con una breve barriga. Suda, aunque el día de primavera no es excesivamente caluroso. Ha venido a verme porque quiere informarse de los pormenores de un divorcio.
Esparcidas sobre mi mesa, unas cuantas fotografías muestran a una alegre pareja en diversos lugares y circunstancias. Algunas, las de abajo, que apenas pueden verse ahora, caminando cogidos de la mano; otras, sobre las anteriores, besándose en un rincón de lo que parece un antro decorado en los años sesenta. En otra, separada del montón, se les ve, ella pasando su brazo bajo el de él, saliendo de un hotel de tercera.
-¿Puedo fumar? dice.
- Claro, yo encenderé otro.
Me alargó el paquete.
- No, gracias, de esos no, fumo negro.
- No se qué hacer… no se que hacer… me dice, en un amago de sollozo, mientras se cubre la cara con las manos.
- Pero, hombre, ¿tanto la quiere? ¿incluso después de ver esas fotos?
- Sí, la quiero, me jode, pero la quiero, no puedo evitarlo. Sabía que algo pasaba, lo intuía, hace tiempo que me rehuye en la cama, pero verla ahí, con ese hombre… ¡joder!
Al decir estas palabras, el hombre se echa atrás en la butaca, mirándome fugazmente, para perder después su acuosa mirada entre los diplomas que encuentra en la pared situada a uno de los costados de mi espalda.
No, este tipo no está bien, como no lo estaría cualquiera de nosotros si nos enteramos de que lucimos una hermosa cornamenta. Pero el hombre le había echado valor, y dinero, a la cosa, y había contratado a un detective para que siguiera a su aún hermosa mujer, quién sabe si con la esperanza de que volviera con las manos vacías.
Miro la hora de reojo… casi las siete. Ya lleva aquí una hora el fulano éste, y no tiene ninguna pinta de decidirse.
Y así lo recuerdo, porque ahora, como entonces ocurrió, se acaba de ir la luz. Una vez más, alguna máquina de las interminables obras municipales que se vienen realizando en la calle, había tropezado con un cable de suministro, dejándonos con la tenue luz del atardecer que entraba por el ventanal.
Aproveché la circunstancia para abreviar la visita.
- Bueno, ya tiene usted una idea de cual sería la situación si decide divorciarse. Ahora, tómese su tiempo y piénselo. Y… si ve que la cosa no tiene solución… mi consejo es que no prolongue esta situación más de lo necesario. Está usted sufriendo mucho, amigo.
- Sí… tiene usted razón, dijo el hombre, levantándose. Estoy haciendo el imbécil. En cuanto pueda, le traeré los papeles que me ha dicho, y tiramos para adelante.
Acompañé al individuo a la puerta, y abrí la ventana para ventilar un poco, el despacho estaba lleno de humo.
No bien lo había hecho, sonó la línea interior del teléfono.
- Dime, Raquel.
- Hay una señora que quiere hablar con usted, se trata de un asunto laboral, por lo que dice.
- Bien, pásame con ella.
La voz que me saludó al otro al otro lado del hilo captó mi atención de inmediato. Por el modo de expresarse, sin duda se trataba de una persona culta, pero no fue sólo eso, había algo en aquella voz, en aquella forma de pronunciar, en aquella serena sensualidad que envolvía como un halo sus palabras, que me produjo una sensación contradictoria: de una parte, una gran placidez, y de otra, una evidente excitación, pues mi pulso se aceleró notablemente.
La atendí con la cortesía habitual. Pretendía concertar una cita para tratar un asunto de impagos, el mal de nuestro tiempo. Era escritora -eso multiplicó mi curiosidad-, y tenía problemas con su editor. Le dije que necesitaba una serie de datos y de documentos, y que me llamara una vez dispusiera de ellos.
Pero no acabó ahí la conversación… al parecer, aquella dama no tenía ninguna prisa, y prolongó la charla comentándome pormenores de la relación que venía manteniendo con su editor, al parecer, un tipo aprovechado que ocultaba, o trataba de hacerlo, los beneficios reales que las ventas venían produciendo.
Aunque aún me quedaban un par de asuntos por estudiar aquella tarde, la dejé hablar, el magnetismo de aquella voz me tenía ciertamente embelesado. No, no era eso sólo… me di perfecta cuenta de que aquella mujer, conscientemente o no, estaba logrando seducirme.
Pasaron algunos días, en los que me sorprendí en más de una ocasión con la mirada perdida, tratando de dibujar en mi mente el rostro, el cuerpo de aquella mujer, a quien veía en mi pensamiento con los rasgos y atributos más sensuales que puedan imaginarse.
Y, esa tarde, llamó. Me dijo que ya tenía los documentos, por lo que podía pasar en cuanto yo lo dispusiera. Me pilló en un mal momento, sobre mi mesa había un revoltijo de contratos, nóminas, seguros y documentos varios que un cliente me había traído junto con una citación de la Inspección de Trabajo, y disponía únicamente de dos días de margen para ordenar y dar coherencia a todo aquello. Estaba realmente agobiado, pues todo eso se añadía a un señalamiento para el día siguiente, un juicio que tenía que terminar de preparar.
Su voz actuó como un bálsamo, su música disipaba todas las urgencias. Me habló de los últimos intentos que había realizado, sin éxito, y yo trataba de evitar los silencios con comentarios de elogio a su proceder, y de indignación por la falta de respuesta, no quería que esa conversación acabara, tal era el magnetismo que sobre mí ejercían sus palabras, su forma de decirlas… su sensualidad… Cuando terminó de contarme su historia, no dudé en recurrir a todo tipo de recursos para mantener la conversación… si conocía compañeros de profesión que vivieran la misma situación, si ese tipo de actuación era frecuente entre los editores, si…
Raquel golpeó mi puerta, haciendo temblar ligeramente la cortina que cubre por dentro sus cristales, para avisarme de que se iba. Eso me devolvió a la realidad… las siete y media. Llevábamos casi una hora de conversación telefónica, eso no es lo normal para una cuestión de trabajo. Había que concertar ya una cita, pero, agobiado como estaba por aquellos asuntos, evité decirle una fecha concreta, le dije que la llamaría.
Dos días después, resueltas ya las urgencias, lo primero que hice fue llamarla, era una tarde de miércoles, y la cité para el día siguiente, a última hora, a las siete.
Raquel la acompañó hasta mi despacho. Allí estaba, en la puerta, con una sonrisa tímida esbozada en su boca, y con un elegante vestido de color burdeos con botones grandes del mismo color, que comenzaban a partir de un discreto escote, permitiendo lucir el nacimiento de sus senos, y que se ceñía a sus caderas llegando hasta las rodillas, medias oscuras que silueteaban unas bellas pantorrillas, y zapatos negros de tacón alto, ahora muy pegados el uno al otro. Un pequeño bolso negro a un costado, y una carpeta de plástico en la otra mano completaban la estampa. Era ciertamente hermosa.
Me levanté un tanto atropelladamente, pero pude recomponer la figura antes de saludarla. Mirándola sonriente a los ojos, le ofrecí mi mano, presentándome, y ella, manteniendo su sonrisa, la tomó cálidamente con un ligero apretón, al que correspondí, sintiendo, en aquel breve contacto, como si algo se agitara en mi pecho.
Estaba realmente impresionado. La invité a sentarse, y lo hizo en una esquina de la butaca, situándose casi frente a mí. Durante un momento, estoy seguro, se me quedó dibujada en la cara una sonrisa estúpida, una expresión infantil, por descontrolada. ¿Impresionado, he dicho? No… estaba fascinado. Al atractivo irresistible de su voz, venían a unirse ahora la belleza de sus rasgos, la sensualidad de sus gestos, el armonioso movimiento de sus manos al explicarse, esa sonrisa permanente en sus labios … y aquella preciosa figura, compuesta de deliciosas curvas que aquel vestido resaltaba de modo inmejorable y que, recortada contra la puerta, aún daba vueltas en mi imaginación. Sentí que el deseo me invadía.
Raquel se despidió a la hora habitual, y con los habituales golpecitos en el cristal, que sobresaltaron ligeramente a mi visita. Ella me hizo un ligero gesto con las cejas, alzando los hombros, como preguntando si deseaba aplazar la reunión, a lo que yo respondí con un repetido movimiento de cabeza, haciéndola saber que la seguía escuchando, a la vez que le decía que podíamos continuar la charla con tranquilidad, pues a partir de ese momento ya no habría más llamadas, ni esperaba más visitas.
Me pareció advertir un ligero rubor en sus mejillas, a la vez que una extraña intensidad, un brillo fugaz, en su mirada. Qué hermosa y deseable estaba.
Tratando de recuperar las coordenadas, extendí las manos, sonriendo, invitando así a mi confidente a continuar su relato, cuando las luces se apagaron.
La leve luz del ventanal entraba por mi espalda, así que pude entrever cómo se agitó, sorprendida, en su silla. Alargué mi mano y apreté la suya en un gesto de confianza, tratando de tranquilizarla. Le expliqué lo que venía sucediendo con las obras, y ella no dijo nada. Me puse en pie y rodeé la mesa para acercarme, y ella se incorporó súbitamente, tropezando con la butaca vecina y perdiendo el equilibrio. Pude asirla, rodeando su talle con mi brazo, de modo que, al recomponerse, su cara quedó a centímetros de la mía. No pude resistir el impulso, la besé en la boca, aún entreabierta por el desconcierto, y ella respondió, apretándola contra la mía.
Nuestras lenguas iniciaron un cadencioso baile en su humedad, que poco a poco fue tomando fuerza e impulso hasta hacerse casi violento. Atraje hacia mí su cintura, que yo aún ceñía apartando las butacas con la otra mano, manteniendo aquel beso interminable y apasionado. Sentí la incomodidad de una potente erección bajo mi pantalón, estaba increíblemente excitado. Mis manos comenzaron a recorrer su espalda, y luego todo su cuerpo en una caricia sin fin, de su cuello a sus caderas, paseando sobre sus pechos, a los que apretaban lujuriosamente arrancándole gemidos que aún hacían crecer más mi excitación. Con dulzura, pero también con firmeza, la desplacé hasta situarla de espaldas a la mesa, apretándome a ella a la vez que la empujaba, de modo que la obligué a echarse.
Desabroché su vestido, y mi beso se extendió por su cuello, por su garganta, por sus hombros… recorriendo su piel hasta llegar a sus senos. Mordí sus pezones sobre el sujetador, lo que la hizo estremecerse y, haciéndome ligeramente a un lado, metí mi mano bajo su falda, recorriendo suavemente sus muslos hasta llegar a su braga, e hice presión sobre su sexo, lo que la hizo gemir nuevamente. Comencé a acariciarlo con suaves movimientos, arriba y abajo, mientras besaba nuevamente su boca, de la que salían suspiros ahogados. Con ambas manos sobre sus caderas, bajo la falda, deslicé suavemente su braguita por sus piernas, a la vez que mi boca se retiraba de la suya emprendiendo un viaje que hizo nueva escala sobre sus pechos, pero, esta vez, siguió descendiendo, hasta hallar su pubis, cuya suavidad fue transitada morosamente por mi lengua, hasta encontrar la húmeda oquedad de su vagina, en la que se introdujo para recorrerla en suaves movimientos de ida y vuelta. En esto, se había incorporado, quedando sentada sobre la mesa, ligeramente inclinada hacia atrás. Evidentemente excitada, sus caderas se levantaban buscando mi caricia, mientras sus manos, sobre mi nuca, me hablaban de su goce a la vez que, con ligera firmeza, centraban mi lengua sobre su clítoris.
Los movimientos de sus caderas fueron adquiriendo ritmo, convirtiéndose su respiración en un jadeo que se fue transformando en ligeros y gozosos gritos. De pronto, aflojó su abrazo, aferrando sus manos sobre mis hombros, y arqueó su cuerpo en un gemido ahogado, apartándome a continuación. Su respiración era ahora entrecortada, y pude ver sus ojos que, muy abiertos, me miraban sin verme.
Me fui despojando lentamente de la chaqueta, solté el nudo de mi corbata y me quité la camisa, queriendo darle tiempo para recuperar la respiración. Le pregunté si estaba bien, a lo que respondió con un escueto “sí”. Tras desprenderla de la parte superior de su vestido y bajarle los tirantes del sujetador, pude acariciar aquellos deliciosos y cálidos senos, recuperando con ello la erección que había perdido al concentrarme en su placer.
Tomándola de los muslos, la penetré de inmediato, sin hallar dificultad alguna, tal era su excitación, mientras sentía cómo abrazaba mis caderas con sus piernas. Le hice el amor violentamente, con fuertes empujones a los que ella replicaba utilizando como apoyo las piernas para impulsarse contra mí. Comenzó de nuevo la sesión de jadeos, pero esta vez no eran solo los suyos, ya que los míos se les unieron en un crescendo que culminó en dos gritos ahogados, casi simultáneos. Abandonado de mis fuerzas, me dejé caer sobre ella, abrazándola. Y así, en aquel abrazo, mejilla contra mejilla, hubiera permanecido toda la eternidad.
Desde entonces, cuando la luz se va, ya no me acuerdo de la familia del alcalde. Una ligera sonrisa se dibuja en mi boca, y miro hacia la puerta y la veo allí, con los pies muy juntos, con su bolsito negro y su carpeta de plástico, y una sonrisa, ya no tan tímida, en el rostro.
Y, también desde entonces, esa visión se ha venido reproduciendo, con vestidos de distintos colores, en diversas y maravillosas ocasiones, en las que ella se encarga de apagar la luz.
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Animado por tu invitación (gracias, a tí, y a tus generosas lectoras) me atrevo nuevamente a ocupar éste tu (nuestro, ¿no?) espacio para responder a un reto casi, casi, personal, pues los títulos de ambas narraciones "replicadas" me "tocan" directamente. Un beso y, de nuevo, gracias..
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