Entre encajes y pecados

El leve hilo de la imaginación junto al amor, las caricias y la ternura, te llevara al maravilloso mundo de los sentimientos al desnudo. No debe faltar esa poesía erótica y sensual, ese mar de fuego excitante, que nos llama a nadar entre cuerpos, manos calidas pasiones, y deseos ¿Quién no ha soñado con ser amado y seducido como en esas estrofas? Comparte conmigo este viaje a ese lugar tan intimo y exclusivo que solo tu imaginación puede concebir .

Vive en cada una de mis narraciones esas historias que te gustaría protagonizar, y se ,en esta reunión privada ,el invitado de honor.





2 de abril de 2013

Esta noche tengo ganas de ti...

-Esta noche tengo ganas de ti-Escuchaba su voz al otro lado del teléfono.
-Yo recuerdo todavía la última vez que estuvimos juntos, la forma en la que la calidez de tus manos rozaban sutilmente el arco de mi espalda mientras el pelo rozaba tu brazo, cómo tu aliento susurraba al oído las ganas que tenías de morder cada poro de mi piel.-Cerré los ojos.
-Me vuelves loco. No se que me das pero me vuelves loco. Recuerdo tus besos, esos labios...-Su agitación iba en aumento. Lo sabía. Se le notaba. 
-¿Quieres que....?-Le propuse sin que hiciera falta terminar la frase.

Aquel día llevaba puesto un vestido negro de manga larga con una chaqueta roja encima. Me había recogido el pelo en una coleta y un pañuelo anudado al cuello. Miraba con insistencia el reloj. Odiaba que me hicieran esperar, por eso acostumbraba a llegar tarde a los sitios. En este caso, ambos nos habíamos retrasado y me encontraba en aquella cafetería rodeada de hombres encorbatados con la chaqueta puesta en el respaldo de la silla, la música a un volumen demasiado alto y ese olor característico que le hacía inconfundible. 

-Perdona-me dijo mientras se acercaba-no encontraba aparcamiento y he tenido que dejarlo en el hotel-me dijo mientras me daba un beso casto en la mejilla.
-No te preocupes. He pedido lo que te gusta-le comenté mientras le ayudaba a quitarse el abrigo. 

Le había pedido un Gin tonic y yo le acompañé con un Martini seco. No acostumbraba a tomarlo salvo en ocasiones especiales y aquel día lo era. Me echó el brazo por encima de los hombros y sin darme cuenta ya lo tenía a escasos centímetros. Era un maestro en todos los sentidos. 
Estos locales aprovechan la música alta para que los clientes más amaestrados se puedan acercar más a sus ingenuas víctimas con la excusa de que no escuchan lo que tienen que decir.

El perfume me tenía cautivada por completo, casi como sus palabras, aunque ya me las tenía más que conocidas. Llevaba la camisa perfectamente planchada con sus iniciales bordadas en el bolsillo del pecho. La barba se la había recortado con las prisas. Se le notaba. Por un lado se había dejado un poco más corto que por otro y aunque intentaba no mirarle, camuflaba mi sonrisa cuando le miraba. 
Ese acento inconfundible, esa forma de mover sus manos...

Mi teléfono sonó. Me bajé del taburete y me dirigí a la puerta, tapándome con la otra mano la oreja, en un fallido intento de escuchar lo que mi interlocutora me comentaba. Definitivamente no eran buenas noticias, pero no quería que nadie me amargara la noche y menos si me había puesto mis zapatos fetiche, esos que tanto me gustaron y que en un arrebato de pasión me compré en la boutique de Dolce&Gabanna en Madrid. Aquella noche triunfé y desde entonces, los bauticé como mis "tacones de la suerte". 

Al volverme, él también había sacado su móvil del bolsillo del pantalón y se encontraba escribiendo. No quería saber qué. Ni a quién. Me limité a pasar mi mano por su pelo y a sonreírle, con ganas de que me dijera de una vez por todas lo que hacía apenas una hora me estaba suplicando por teléfono.

No paraba de mirarme. Ni yo a él. Habíamos clavado nuestros ojos el uno en el pensamiento del otro y sentía que mi cuerpo quería rozarse con él, del mismo modo que él encontraba mis manos con facilidad. Empezó primero a besar cada dedo, hasta que llegó al índice y fue besándolo lentamente hasta que sacó su lengua y lo chupó. Con la otra mano libre le di un trago a la copa y me mordí el labio notando como mi corazón se iba acelerando a pasos de gigante, como casi su estatura, como casi las ganas que tenía de él, como casi la distancia abismal que nos separaba en cuanto a intenciones se trataba. Pero aquella noche todo aquello estaba fuera de lugar y no quería pensar en otra cosa que no fuera dejarme hacer. 

Sacó su cartera del pantalón, extendió un billete, recogió el abrigo en una mano y sin soltarme de la otra y sin dejar de mirarme, me lanzó literalmente contra la puerta. 

Su aire prepotente y altivo me estaba gustando. Me estaba acostumbrando a un hombre del que debía huir, del que tenía que alejarme, pero algo me incitaba a estar con él. Quizás el saber que solo sería una más en su corta lista de conquistas, o la única capaz de mandarle a por el coche sin viaje de regreso. O posiblemente porque aquello tenía las horas contadas. Eramos solo un punto de arrebato, una locura que nadie creería, puntos suspensivos sobre la incertidumbre, llamadas telefónicas con nocturnidad y alevosía, con intenciones poco claras pero con ideas fijas. 

Nos pusimos el abrigo. Sólo se escuchaban algunas risas a lo lejos de unos cuantos jóvenes que salían a emborracharse y el ruido de mis tacones contra el suelo. Mi cabeza pensaba, no quería hablar ni hablarle, ni decirle nada. Esa noche era su noche y le tocaba a él decir y decidir tal y como habíamos acordado. 

Apenas habíamos andado un par de besos, me giró con brusquedad contra la pared y me aprisionó con su cuerpo. No tenía margen de maniobra.

-¿Qué te pasa hoy?-Le dije como pude.
-Cállate-me besó con tal ansia que notaba que me faltaba el aire.-No puedo dejar de pensar en tí, de tenerte en mis manos a cada instante. Soy adicto a ti.
-Tienes que relajarte, te vas a salir en una de estas como no pares.-intenté decirle sin éxito.
-No puedo parar. Te tengo aquí delante-empezó a subir con sus manos el vestido-Y para colmo te has puesto el vestido que tanto me gusta.
-Este vestido os gusta a todos-sonreí.
-Pero ahora es mío- y entreabrió su abrigo para taparme.
-Esto que estamos haciendo no deberíamos estar haciéndolo y menos en la calle, nos puede ver cualquiera y...

Me aferré con fuerza a su cuello y metí mi rodilla entre sus piernas mientras miraba de reojo a los lados de aquella estrecha y casi oscura calle. Era una situación tan morbosa, tanto casi como él. Me lo imaginaba en su vida cotidiana, cuando tenía que hacerse el duro delante de todos esos jóvenes adolescentes rebeldes, o cuando hablaba con sus amigos influyentes con sillones poderosos, o cuando trataba de representar su papel de hombre serio y recatado, de fiestas de guardar, de los de barba, de los que se hacen respetar. Y lo tenía allí, delante de mí, que se estaba deshaciendo, desmoronando por completo cualquier atisbo de lo que pudieran esperar de él, mostrando esa cara, ese instinto que se había atrevido a reprimir durante tanto tiempo. Aunque le perseguía la fama de mujeriego y me había dejado sorprendida al sacar sus artes a la primera de cambio, de hacerse de rogar, al final, como todos los hombres, había caído en esa espiral de la que muy pocos quieren salir, porque las adicciones, no tienen remedio a menos que lo reconozcamos. Y a quien le gusta la buena carne, no quiere dejarla. 

Me quitó el pañuelo del cuello y me mordió tan suavemente que quise perder el conocimiento. Le tiré del pelo y le mordí con impaciencia el labio. Quise arrancarle todos los botones de la camisa. Me cogió entre sus brazos, me aferré con impulso a sus largas piernas y mis brazos rodeando su ancha espalda y sin querer decir nada, sin necesidad de hablar, me hizo lo que ya me había prometido. Con la ropa a medio quitar, con la impaciencia de terminar, con el nervio de poder ser vistos y pillados por alguien, que alguien lograra darse cuenta de quiénes éramos, su perfume que me seguía embriagando, su cuerpo que me hacía temblar.

Tapándome la boca con una mano, me susurró al oído lo que quería escuchar, lo que sabía que iba a decirme. Era previsible. Nos quedamos los dos apoyados sobre la pared, mirando al frente, a una pequeña tienda de comestibles de esas de las que encuentras de todo. Nos reímos los dos como un par de adolescentes de esos que andan con las hormonas revolucionadas, de esos que lo único que quieren es saciar sus ansias. En el fondo, los dos éramos demasiado jóvenes y nos habíamos acostumbrado a no tener que andar dando explicaciones a nadie, a no tener que esperar que alguien llegara a casa, a no tener que preguntar qué era lo que quería para cenar aquella noche. 

Estaba ya metida en la cama y un mensaje suyo apareció parpadeante en mi móvil. Sonreí. Ya lo sabía. No hacía falta. No tenía que decírmelo. Ya sabía lo que había. Y tenía presente sus palabras y sus acciones. Al final, las mejores promesas son esas que no hay que cumplir. Ya no se cuando volveremos a vernos. Tampoco tendríamos que pensarlo mucho. De cualquier modo, siempre se saca tiempo para lo que uno quiere. O para lo que uno necesita. Si se trata de buscar excusas, me visto y las buscamos juntos. Si se trata de algo más, me quedo aquí, y espero que desnudes las promesas y a mí con ellas. Al fin y al cabo, mañana volverás a buscarme. Y quién sabe si al final, tienes la suerte de encontrarme. 
Dedicado a mi amigo Riki...

5 comentarios:

Luis dijo...

La verdad es que debo felicitarte, la página es espectacular. La descubri casi sin querer. Realmente es extraordinaria.
Gracias por compartirlo. Saludos desde Buenos Aires

Anónimo dijo...

Recoñen!, muy bueno.. me has puesto de los nervios!.. je je.
Grácias por compartirlo un besito

Mari Fe

Anónimo dijo...

Belen
Que chuladaaaa!!!! Me encanta!! Que bien escribes, he sentido cada linea en mi piel... increible!!

Muchos besos

Cristian dijo...

Creo q me voy a volver adicto a tu bloggg,q bonitooo,chiquilla como haces poesia con cada palabra...
Este comentario vale para todos los post publicados q tienes, pero te lo dejo en este en particular xq quizá sea el q más me haya gustado, lo he leido descubriendo tu sensibilidad en cada palabra :)enhorabuena por el blog

Anónimo dijo...

Vaya...vaya...ha sido como estar viendo cada escena
Un abrazo

Víctor