
Con cierto sigilo y no poco recelo, acabo de colarme en este limbo de conciencias en HTML.
Todos tenemos algo que contar. Y algo que ocultar. Por algún motivo, lo que ocultamos trasciende mucho más que lo que no. Así es que me confío a este mágico soporte de mensajes en botellas digitales, en un sencillo ritual prestidigitador de teclas irregularmente pulsadas.
Siempre me ha gustado ver mis manos suspenderse a escasos centímetros del teclado de mi ordenador, posadas sobre un sinfín de palabras aún por escribir. Las uñas, esmaltadas siempre en Chanel Le Vernis Rouge, se mueven acompasadamente sobre las teclas que aún no he pulsado.
Evocando escasos momentos atrás me pregunto dónde irán todas esas palabras no escritas, o escritas y después borradas, o perdidas en la ingravidez del ciberespacio. Como nuestras conciencias.
Enciendo un cigarrillo, y me sirvo otra copa de vino. Algo que me ayude a desviar mi atención, a mitigar los efectos secundarios de tu presencia. O de tu ausencia. De este lo que sea que me aturde y desconcierta.
El calor se hace insoportable en esta noche de verano. Me desnudo, aunque no con la maestría con que que tú lo haces. Y me dejo los zapatos puestos, tal y como me pedirías. Vuelvo a sentarme delante del ordenador y siento el cuero del sillón adhiriéndose a mi piel en un intento fallido de suplantarte. Me acaricio como si fuera a encontrar aún tus manos sobre mi cuerpo. Y hundo un tacón en la cara interna de mi muslo, justo para ver qué se siente.
"Debe resultarte francamente excitante", pienso
Os sorprenderíais al ver lo desordenada que está mi vida. Y no me extraña: la primera sorprendida soy yo. Soy de esas personas a las que les gusta tener todo -o al menos, gran parte- bajo control. O al menos, bajo ese mínimo de control que garantiza un mínimo equilibrio.
Las cosas se han desbordado. Y lo peor de todo es que, inesperadamente, no denpenden de mi. El descontrol que uno causa es casi una estrategia. El que causan los demás, símplemente, se escapa de nuestro hacer o no hacer. Se escapan de nuestro raciocino tanto los potenciales hechos como sus consecuencias. Que hoy por hoy pintan nefastas.
Y aquí me encuentro, con la sensación de estar al borde de un abismo que yo no he elegido. Con la inestabilidad de poder desequilibrarme en cualquier momento que no habré elegido yo, precipitándome al vacío.
Me encuentro en la dicotómica situación de saber que lo único que parecía estable en mi vida, es en realidad lo que se ha desestabilizado; lo que me ha desestabilizado. Y la única estabilidad hoy por hoy me la proporciona lo que hasta ahora me producía ese desequilibrio entre la razón y la volición.
Hoy, más que nunca, llego a la convicción de que somos almas gemelas, levemente desacompasadas en el espacio y en el tiempo.
Era una noche oscura y lluviosa, de esas en que nadie debería errar por las calles de ninguna parte a riesgo de ser engullido por el cielo mismo. La cortina de agua dificultaba mi visión a escasos veinte metros y la bolsa del supermercado pesaba demasiado como para garantizar que mis ejercicios de equilibrio sobre los adoquines fueran seguros. Mi paraguas y mi gabardina, que trataba de asirse a mi cintura en un esfuerzo heróico por no rasgarse, servían de bien poco en una noche como esa.
Giré la esquina y enfilé la calle chorreante de penumbra. La tormenta arreciaba y ya me quedaba poco para llegar a casa cuando pude distinguir tu silueta bajo un farol tintineante. El sonido hipnótico de mis tacones discurriendo por la acera te sacó repentinamente de tu ensimismamiento. Con un delicado ademán, te vi girarte hacia mi aún en la lejanía y esbozar una sonrisa perversa de esas que me hacen perder cualquier atisbo de prudencia.
Aún no podía ver tus ojos cuando ya los sentía, atroces, clavados bajo mi ropa.
Me acerqué y tu rostro se dibujó nítido bajo la lluvia. Como había supuesto, tu mirada felina e incandescente ya se había clavado en mis pupilas, y descendido sin censura por el resto de mi cuerpo.
"¿Qué haces aquí?", inquirí.
Pusiste tu mano en mi cuello. Te precipitaste sobre mi boca y te aferraste a ella en un beso desesperado. La mano en mi cuello ejercía una fuerza hacia ti casi innecesaria. Tu otra mano desfiló en unos segundos por el interior cálido de mi gabardina. El nudo en el estómago pareció descender unos centímetros de súbito. Hacía algún tiempo que no nos veíamos y la excitación era insostenible.
"Sube. ¿De cuánto tiempo disponemos?", balbuceé.
"Del suficiente antes de que me tenga que ir a por mi mujer".
Todos tenemos algo que contar. Y algo que ocultar. Por algún motivo, lo que ocultamos trasciende mucho más que lo que no. Así es que me confío a este mágico soporte de mensajes en botellas digitales, en un sencillo ritual prestidigitador de teclas irregularmente pulsadas.
Siempre me ha gustado ver mis manos suspenderse a escasos centímetros del teclado de mi ordenador, posadas sobre un sinfín de palabras aún por escribir. Las uñas, esmaltadas siempre en Chanel Le Vernis Rouge, se mueven acompasadamente sobre las teclas que aún no he pulsado.
Evocando escasos momentos atrás me pregunto dónde irán todas esas palabras no escritas, o escritas y después borradas, o perdidas en la ingravidez del ciberespacio. Como nuestras conciencias.
Enciendo un cigarrillo, y me sirvo otra copa de vino. Algo que me ayude a desviar mi atención, a mitigar los efectos secundarios de tu presencia. O de tu ausencia. De este lo que sea que me aturde y desconcierta.
El calor se hace insoportable en esta noche de verano. Me desnudo, aunque no con la maestría con que que tú lo haces. Y me dejo los zapatos puestos, tal y como me pedirías. Vuelvo a sentarme delante del ordenador y siento el cuero del sillón adhiriéndose a mi piel en un intento fallido de suplantarte. Me acaricio como si fuera a encontrar aún tus manos sobre mi cuerpo. Y hundo un tacón en la cara interna de mi muslo, justo para ver qué se siente.
"Debe resultarte francamente excitante", pienso
Os sorprenderíais al ver lo desordenada que está mi vida. Y no me extraña: la primera sorprendida soy yo. Soy de esas personas a las que les gusta tener todo -o al menos, gran parte- bajo control. O al menos, bajo ese mínimo de control que garantiza un mínimo equilibrio.
Las cosas se han desbordado. Y lo peor de todo es que, inesperadamente, no denpenden de mi. El descontrol que uno causa es casi una estrategia. El que causan los demás, símplemente, se escapa de nuestro hacer o no hacer. Se escapan de nuestro raciocino tanto los potenciales hechos como sus consecuencias. Que hoy por hoy pintan nefastas.
Y aquí me encuentro, con la sensación de estar al borde de un abismo que yo no he elegido. Con la inestabilidad de poder desequilibrarme en cualquier momento que no habré elegido yo, precipitándome al vacío.
Me encuentro en la dicotómica situación de saber que lo único que parecía estable en mi vida, es en realidad lo que se ha desestabilizado; lo que me ha desestabilizado. Y la única estabilidad hoy por hoy me la proporciona lo que hasta ahora me producía ese desequilibrio entre la razón y la volición.
Hoy, más que nunca, llego a la convicción de que somos almas gemelas, levemente desacompasadas en el espacio y en el tiempo.
Era una noche oscura y lluviosa, de esas en que nadie debería errar por las calles de ninguna parte a riesgo de ser engullido por el cielo mismo. La cortina de agua dificultaba mi visión a escasos veinte metros y la bolsa del supermercado pesaba demasiado como para garantizar que mis ejercicios de equilibrio sobre los adoquines fueran seguros. Mi paraguas y mi gabardina, que trataba de asirse a mi cintura en un esfuerzo heróico por no rasgarse, servían de bien poco en una noche como esa.
Giré la esquina y enfilé la calle chorreante de penumbra. La tormenta arreciaba y ya me quedaba poco para llegar a casa cuando pude distinguir tu silueta bajo un farol tintineante. El sonido hipnótico de mis tacones discurriendo por la acera te sacó repentinamente de tu ensimismamiento. Con un delicado ademán, te vi girarte hacia mi aún en la lejanía y esbozar una sonrisa perversa de esas que me hacen perder cualquier atisbo de prudencia.
Aún no podía ver tus ojos cuando ya los sentía, atroces, clavados bajo mi ropa.
Me acerqué y tu rostro se dibujó nítido bajo la lluvia. Como había supuesto, tu mirada felina e incandescente ya se había clavado en mis pupilas, y descendido sin censura por el resto de mi cuerpo.
"¿Qué haces aquí?", inquirí.
Pusiste tu mano en mi cuello. Te precipitaste sobre mi boca y te aferraste a ella en un beso desesperado. La mano en mi cuello ejercía una fuerza hacia ti casi innecesaria. Tu otra mano desfiló en unos segundos por el interior cálido de mi gabardina. El nudo en el estómago pareció descender unos centímetros de súbito. Hacía algún tiempo que no nos veíamos y la excitación era insostenible.
"Sube. ¿De cuánto tiempo disponemos?", balbuceé.
"Del suficiente antes de que me tenga que ir a por mi mujer".


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